Cuando yo tenía 5 años, mi mamá consiguió un trabajo nuevo como encargada en un KFC de mi localidad. Allí conoció a un sofisticado y cortés caballero que andaba en bicicleta, desdeñaba la autoridad y era todo lo contrario a mi padre. Mi madre se enamoró perdidamente de él.

En los comienzos de su nueva relación, mi madre consiguió un ascenso en el trabajo. A mi hermano y a mí nos encomendaron a una niñera que vivía en nuestro edificio. El hijo de la niñera, de 18 años, me agredía sexualmente todos los días. Cuando mi mamá lo descubrió, le pidió a su novio que se mudara con nosotras porque tenía miedo. A mí la idea me llenaba de entusiasmo. Me gustaba el hecho de que hubiera un hombre en el hogar de nuevo porque extrañaba a mi papá y me aportaba una mayor sensación de seguridad. Y además él era un hombre tan adorable, al comienzo.

Mi madre siempre había inspirado fuerza y belleza. No era una mujer corpulenta; pero, cuando llegaba a algún lugar, llamaba la atención de la gente. Era toda una reina. ¡Mi reina!

Pero la actitud de su novio con ella empezó a cambiar rápidamente. Cuando mi mamá perdió su trabajo, los dos abrieron un bar clandestino. Las botellas de alcohol empezaron a acumularse, y la casa comenzó a ser frecuentada por desconocidos. Algunos familiares intentaron intervenir en el asunto y mi mamá decidió suspender el nuevo negocio. Pero cuando intentó ponerle un fin, su novio la aporreó con dureza.

Me acuerdo de que el rostro de mi madre lucía como si le hubiera pasado un camión por encima. Estaba sentada en el sofá, llorando, y me decía: "Estoy bien." Pero no estaba bien. Yo sentía que era mi culpa. Si no me hubieran agredido, si no hubiéramos tenido que acudir a los tribunales, si yo no hubiera nacido, ella estaría bien. Al menos, eso es lo que pensaba en ese entonces.

La violencia siguió así durante años. Se peleaban. Él la lastimaba, y a mí me revolvía el estómago ver que ella lo perdonaba. Yo notaba que cada vez quedaba menos de aquella mujer que había sido mi madre.

Mis hermanos y yo estábamos cada vez más enojados. La gota que colmó el vaso fue cuando él le disparó a la nevera. Le metió tres balas con mi madre allí en la cocina.

Cuando llegó la policía, nos reubicaron de inmediato. Por cuestiones de espacio, no podíamos quedarnos en la casa de nuestros familiares y hallamos asilo en el refugio de emergencia de Women Against Abuse (WAA). Fue difícil dejar atrás nuestra vida anterior, pero WAA nos dio un apoyo incondicional durante la transición. Nos dieron ropa nueva y disfrutábamos de compartir las comidas como en familia. Compartir una habitación con mi madre y mis hermanos fue una experiencia bastante particular, pero la sensación de seguridad que teníamos hizo que valiera la pena.

Sobre todo, me enamoré del personal que me cuidaba, me alentaba, sostenía mi mano o me abrazaba cada vez que yo lo necesitaba.

Me perdí varios meses de segundo grado mientras mi mamá decidía nuestros próximos pasos. Yo había estado en el programa de niños superdotados, así que el personal de WAA se aseguró de que continuara mis estudios. También me ayudaron para que tome clases de baile, me una al coro de la iglesia comunitaria y a los concursos familiares de talentos. ¡Las noches de espaguetis eran las mejores!

El tiempo que pasé en el refugio no fue una experiencia totalmente placentera. También fue un período de gran caos emocional. A mi madre, a mis hermanos y a mí aún nos costaba sobrellevar el trauma que habíamos sufrido, y yo empecé a experimentar síntomas preocupantes. Mojar la cama y tener pesadillas recurrentes se volvió una realidad que no podía controlar. Por encima de esto, la relación de mi madre con su pareja maltratadora dio un giro inesperado. Las llamadas telefónicas entre ellos se hicieron más frecuentes y ella incluso comenzó a visitarlo.

Al final, tuvimos que decir adiós al refugio de WAA. Fue una de las despedidas más difíciles de mi vida porque sabía que allí estábamos en un lugar seguro. Regresaba a un mundo que era muy inseguro para mí y para mis hermanos.

El ex de mi mamá se mudó de nuevo con nosotros y el ciclo volvía a repetirse. En ese entonces, no teníamos ayudas ni el refugio de WAA. A nuestra familia le frustraba el hecho de que mi mamá no pudiera ver lo tóxica que era esa relación, y empezaron a alejarse.

El maltrato no ocurría todos los días, pero se sentía como si lo fuera porque no sabías qué esperar. ¿Hoy sería el día en que llegaría a casa de la escuela para encontrarme a mi mamá con un ojo morado y la casa hecha un desastre?, ¿o para encontrarnos a mi madre muerta? o, todavía peor, ¿Yo sería la siguiente?

En lugar de buscar ayuda o un empleo, él trajo a sus hijos a vivir con nosotros, así que éramos un grupo de siete personas viviendo en un departamento de dos habitaciones. No había dónde esconderse. Se escuchaban las peleas y las discusiones y los golpes, y mi hermano mayor intentaba meterse en la pelea y salvar a mi madre, pero no podía. Solo conseguía que lo golpearan también.

No fue hasta los 11 años, cuando fui violada en grupo de camino a la escuela, que mi vida cambió por fin. Caminaba a casa desde el parque donde me habían violado y descubrí a la policía arrestando a la pareja maltratadora de mi madre. Lo habían esposado y, a pesar de sentirme rota y vacía por lo que me había ocurrido, sonreí. Por primera vez desde que él había aparecido en nuestras vidas, mi mamá se elegía a ella misma y se sentía como si también me eligiera a mí.

Cuando yo tenía 14 o 15 años, mi mamá conoció al «indicado» y ha estado casada con él durante 30 años, porque por fin se tomó el tiempo para amarse a sí misma. Este es el mensaje que quiero dar: tienes que amarte a ti misma.

Me llevó 20 años perdonar a mi madre por las cosas a las que nos expuso a mí y a mis hermanos. Aun así, ¡lo que no te mata sin dudas te fortalece, y ahora soy una fiera!

Hoy en día, tengo cuatro preciosos niños. Mi hija mayor está comprometida con un maravilloso muchacho. Rompí el ciclo para no traspasarlo a mis hijos. Saben que tenemos una política de tolerancia cero con el maltrato. Nunca quise casarme ni vivir con un hombre luego de todo lo que pasé, pero eso está empezando a cambiar. Ya no tengo miedo. Ahora quiero esas cosas para mí.

También tengo una carrera exitosa y estoy liderando el cambio desde mi puesto en el Ayuntamiento.

En retrospectiva, estoy muy agradecida con Women Against Abuse, porque de no hubiera sido por contar con la organización en mi infancia, les puedo jurar que hoy sería una mujer completamente diferente. Las palabras y semillas que plantaron las mujeres y los hombres que trabajaban en el refugio se albergaron dentro de mí, florecieron y crecieron.

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