Al pensar en la violencia doméstica, a menudo se piensa en una víctima/sobreviviente adulta. Pero ¿qué sucede con los niños, las niñas y las personas jóvenes adultas que han experimentado abuso o han sentido miedo en sus propios hogares? Candace, quien trabajó como terapeuta en Women Against Abuse, fue testigo de cómo abusaban a su madre durante años y elige contar su historia sobre este aspecto de la violencia doméstica del que poco se habla. A continuación, sus palabras.
Escribo mucho. Una de las preguntas sobre la que estuve reflexionando es: ‘¿Quién serías si no creyeras que algo anda mal contigo?’ He estado tratando de encontrar la respuesta. El puesto laboral, la maternidad, el diploma, todo ese éxito se ve genial. Quienes ven tu vida desde afuera creen que lo tienes todo. Meditas todos los días, eres terapeuta y tienes una relación estupenda con tus hijos/as. Sin embargo, existen batallas internas y silenciosas que nadie percibe. Cuando los/as niños/as duermen y las luces están apagadas, aparecen esos pequeños recordatorios constantes de haber sido una niña sobreviviente de violencia doméstica de los que nadie habla.
Soy la mayor de cuatro hermanos/as y mi familia es de origen caribeño, donde es común que el hijo o la hija mayor sea cercano/a a su madre y quien lo/a siga en la línea de sucesión. Es por eso que lo vi todo. Fui la primera hija de mi madre y éramos muy cercanas. Mi rol se acercaba mucho al de una madre, así que ella me contaba todo. En lugar de ser una niña, me hice cargo emocionalmente de mi madre y eso me puso mucha presión.
Luego, [mi padre] intentaba desquitar la frustración y el enojo con nosotras/os y cuando eres chica/o, no sabes qué hacer. No puedes hacer daño. No sabes cómo defenderte o qué decir. Y creo que por muchos años me inventé la excusa de que, como estuvo en prisión durante nueve años, había visto demasiadas cosas. Tuvo una infancia difícil, pero esas excusas eran solo eso: excusas. No importa por todo lo que hayas pasado, no creo que haya motivos para actuar así si amas a alguien.
En ese momento, eran tres casos de reincidencia, y mi padre ya había caído en dos, por lo que, si llamábamos a la policía, se iría para siempre y no volveríamos a verlo. Así que literalmente aprendes a sobrevivir.
La gente sabía, pero creo que después de un tiempo se dieron por vencidos porque pensaron: ‘¿Qué podemos hacer?’. Recuerdo que cuando era niña mi tía me decía: ‘Cuando tengas la edad suficiente, ve a la universidad y escápate’.
Pero tuve a mi primer hijo a los 18 años, justo después de terminar el secundario y, por lo tanto, no pude escaparme. Yo estudiaba de manera remota [en la Universidad Comunitaria de Filadelfia], pero mi hermana sí pudo huir a la universidad y yo tenía dos trabajos para asegurarme de que ella pudiera quedarse allí y ayudarla (le pagaba la factura del teléfono celular y me aseguraba de que comiera).
Después de 30 años comportándose del mismo modo, mi papá abandonó a mi mamá por otra mujer, se volvió a casar y ahora vive en Atlanta. No hablamos mucho, pero mi mamá vive a 10 minutos de distancia de mi casa y somos muy cercanas. No tanto como antes, pero sí lo suficiente y ahora de una manera sana.
Muchas personas me preguntan si decidí trabajar como terapeuta en Women Against Abuse por mi pasado, pero la verdad es que no. Quería empezar a trabajar y había algo en la relación entre la sociología, el trauma, la mente y los comportamientos que simplemente me fascinó.
A veces, luego de escuchar esas historias, vuelvo a casa y solo pienso: ‘Necesito dormir’. Te drena mucho. Cada vez que creo que estoy a mitad de camino de lograr algo en terapia, aparece algo que no sabía que estaba allí.
Cuando un/a niño/a se expone a tantas cosas a una edad temprana (mi primera exposición fue a los cinco años, pero a los siete años se volvió algo más grande), hay una parte suya que se queda en la edad que tenía cuando comenzó el trauma, aunque crezca desde el punto de vista biológico. A veces noto que, si mis consultantes comienzan a gritar de enojo, automáticamente me convierto en esa niña de siete años. Entonces tengo que sacarme esa sensación y recordarme: ‘Está todo bien, Candace. Estás bien y estás a salvo’.
Hablar sobre el trauma y hacer terapia durante cinco o seis años me permitió entender a mis consultantes mejor que nunca. Aún no me siento libre. Una de mis prácticas budistas de meditación es para dejar ir los miedos. Conversando con mi terapeuta, le dije: ‘Tengo tantos miedos, como no tener suficiente dinero o temer que mis hijos/as —que son negros/as— no tengan la oportunidad de llegar a la adultez, y, sin embargo, mi miedo más grande es tener siete años para siempre y quedar atrapada internamente’.
Pero los/as auxiliares y los programas de la escuela me ayudaron y los/as mentores/as me mostraron que podía hacer algo más. Por eso comparto mi historia. Para que otras personas puedan ver más allá de mi diploma o mi amabilidad. Hay batallas internas en el detrás de escena que la gente no ve. Los/as trabajadores/as sociales, los/as maestros/as, el programa ELECT del distrito escolar y Turning Points for Children fueron quienes me guiaron para convertirme en quien quería ser. Si no fuera por su ayuda, estoy convencida de que las cosas hubieran sido muy diferentes.
Ahora hay días buenos en los que converso con consultantes y logro ver la diferencia. Cuando recibo llamadas o mensajes suyos que dicen: ‘Me ayudaste muchísimo’. Hay momentos en que realmente puedo comprenderlo, pero hay otras veces, en las que algo pequeño como una ruptura se siente inmenso e intento reconectar mi cerebro una y otra vez.
[Recuperarse de un trauma] es distinto para cada persona, pero lo más importante es tener la sinceridad y la comprensión para decir: ‘Te veo, te oigo y no estoy tratando de arreglarte. Solo quiero estar aquí para ti’. Y eso es lo que les brindo a mis consultantes. Estoy aquí para escucharte y guiarte hacia donde quieras ir.
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