Fui con mi mamá y mi hermano menor. No recuerdo un sentido de urgencia. Como era una niña no me daba cuenta del peligro en el que estábamos. Simplemente era como: «Bueno, nos mudamos acá con mamá. Y vamos a estar lejos de nuestra familia».

En mi cabeza se sentía como que nos estábamos yendo muy lejos, pero probablemente estábamos solo a unas cinco millas de casa. Recuerdo que mi mamá hacía cursos y se reunía con el administrador de su caso. Y el refugio tenía actividades grupales para los niños. Jugábamos juntos, nos leían libros y nos llevaban al parque.

Estaba muy estructurado; las mujeres tenían tareas. Recuerdo a mi mamá cocinando en la cocina con otras mujeres. Era como una comunidad. Yo no tenía miedo. Recuerdo ir en una camioneta con otros residentes a buscar un árbol de Navidad. Era muy diverso, y teníamos que aprender a interactuar y compartir el espacio con otras personas diariamente.

A esa edad, era como si estuviéramos en una aventura, porque no le podíamos decir a nadie en donde nos estábamos quedando. Tuvimos que ir a una escuela nueva, aunque estábamos a una distancia de casa que se podía hacer en autobús. Cambiamos de escuela para que no se pudiera encontrar nuestro paradero. Esta es una de las cosas que creo que más me perdí: mi educación primaria. En lugar de aprender a multiplicar, aprendía cómo hacer que mi hermano y yo estuviéramos seguros. Desarrollé lo que en ese momento hubiéramos llamado preocupación, pero ahora se sabe que es ansiedad. No podía preocuparme por las tareas o hacer lo que los niños hacen normalmente porque tenía que mantener nuestro paradero en secreto. Pensaba en nuestra seguridad, porque las parejas de algunos residentes los habían localizado, así que sabíamos que pasaba algo importante.

Fue raro estar lejos de nuestra familia y nuestro hogar. Teníamos que compartir una habitación con mi hermano y mi mamá, pero no se sentía como una situación mala. Casi se sentía como unas vacaciones o un viaje. El refugio era como un hogar; y las mujeres y los niños, como una familia extendida. Todos eran cariñosos, amables y pacientes.

Recuerdo que la casa era grande con estantes para libros, un patio y un porche. No podíamos estar en la puerta con nuestras madres, y me parecía raro, pero las pautas de seguridad se aprenden temprano.

Hoy, sin embargo, visto con ojos de madre, me doy cuenta de lo difícil que debe haber sido para mi mamá.

Estas experiencias tempranas se volvieron un catalizador de cómo se desarrolló mi vida. Vi de primera mano que recibir ayuda no es malo. Vi cómo los recursos ayudaron a mi mamá a mantenernos seguros y a cambiar su vida. Las mujeres del refugio tenían sesiones, y recuerdo que las escuchaba hablando con mi mamá, dándose apoyo y consejos. Pensaba: «Esto es lo que hacen los adultos». Y ahora, como adulta, me doy cuenta de que era porque eran sobrevivientes con una experiencia en común.

Conocí a tantas mujeres agradables, como la Sra. Yvonne, que era otra usuaria que se quedaba en el refugio de WAA. Estuvimos en contacto por un tiempo, y su color favorito era el rojo; siempre usaba lápiz labial o esmalte de uñas rojo. Así que yo siempre tengo algo rojo en la cocina por la Sra. Yvonne.

Los cambios que experimenté en mi niñez me ayudaron a hacer amigos fácilmente y a aprender a relacionarme. Aprendí a ser amigable y a conectarme con otras personas. También a moverme por lugares nuevos y a hacer amigos en todos los lugares a los que voy. De hecho, estoy tan acostumbrada a adaptarme al cambio que, incluso hoy, tengo que recordarme a mí misma que está bien quedarse en un lugar. Todavía estoy aprendiendo a crear normas nuevas.

Esas experiencias de la niñez marcan la vida adulta. No importa si es una estadía de unos pocos días; marca tu vida adulta, para bien o para mal.

Definitivamente padezco efectos residuales prolongados. Si veo a dos personas discutiendo, entro en modo «lucha o huye». Me preocupo mucho. Eso es algo que recuerdo de cuando era niña: preocuparme cuando volvía de la escuela. «¿Vamos a quedarnos acá? ¿Mamá va a estar bien?». Ese sentimiento de no poder controlar todo en mi niñez me siguió, y todavía estoy aprendiendo a manejarlo en mi adultez. Siento que la experiencia en el refugio me hizo dar cuenta de que en la vida es necesario tener un sistema de apoyo, así que tengo un terapeuta. Es algo en lo que estoy trabajando con terapia y meditación, para intentar superarlo.

Cuando tuve a mis hijos, mi esposo entendió que no quería que las normas de mi niñez fueran sus normas. Estoy agradecida por su amor y apoyo, que me permitió ver el amor con otros ojos.

Vi crecer a mis hijos con estabilidad y una estructura, y fue muy distinto a mi propia crianza. Para asegurarme de que se sientan apoyados, fomento la comunicación abierta sobre cualquier experiencia que pudiera molestarlos, para que no se sientan solos ni que cargan con problemas de los adultos. Mis hijos ya son grandes, y ver todo lo que lograron me llena de alegría.

Soy afortunada por haber podido romper el ciclo de violencia doméstica para mis hijos, porque sé que no todos tienen el mismo final. Gracias a mis experiencias, mis hijos desarrollaron compasión y un sólido sentido de límites en el amor y la vida.

If you or someone you know needs help, call our toll-free 24-hour Hotline:

1.866.723.3014

Sign up for Action Alerts, Updates & Newsletters!